¿Cómo aprenden los docentes del siglo XXI?

 

La pregunta “¿cómo aprenden los docentes en el SXXI?” es una gran incógnita genérica que últimamente se plantea mucho en ámbitos educativos de diversos niveles, a veces puesta sobre la mesa por parte de instituciones oficiales, de administraciones educativas, y otras muchas veces, preguntada y respondida por personas que llevan años en el mundo de la educación de una manera u otra. Pero, en cualquier caso, no parece haber una respuesta tan genérica a esta pregunta como lo es la propia pregunta, o quizá es que sea una pregunta un tanto abierta para escribir un artículo dándole respuesta.

La cuestión es que los docentes de este siglo, al igual que en siglos anteriores, aprendemos a nuestro estilo.

Cada cual, y así debería ser, creo yo, aprende donde, como, cuando, con y de quien quiere, y es esta una premisa que no se debería olvidar a la hora de diseñar experiencias de aprendizaje de la modalidad que sea, enfocadas a docentes.

Es curioso ver en muchas ocasiones convocatorias y experiencias de aprendizaje, abiertas o no, en línea o presenciales, en las que en su diseño no se ha tenido en cuenta a ningún docente, ni han sido diseñadas por profesorado, y sin embargo, parecen venir a cubrir unas necesidades de aprendizaje que puede que los docentes sí tengamos, o quizá no. La importancia de escuchar las necesidades, de hacer detección de las mismas, de modo serio y sólido, es un ejercicio de reflexión que todos deberíamos realizar de vez en cuando, a la hora de planificar cualquier tipo de experiencia de aprendizaje. No sirve de nada lanzar decenas de acciones de aprendizaje que o bien no son demandados, o bien se han quedado obsoletos, o bien no van a tener ningún impacto en una mejora significativa del desarrollo profesional continuo.

Desde luego formamos parte de una educación conectada en la que el papel de los docentes ha de ser el de conector, y no sólo el de estar conectado, por lo que el desarrollo profesional continuo entre iguales, gracias a comunidades profesionales de aprendizaje que comparten, interaccionan y aprenden juntas es una de las maneras más sostenibles de aprender hoy en día, porque de ser auténticas, no sólo compartirán logros y éxitos, sino también fracasos y propuestas de mejora, en un acto de coevaluación altruista y generoso.

Esa es la base de cualquier red personal de aprendizaje, que sin duda sigue siendo la manera, según mi punto de vista, más eficaz de continuar evolucionando en una profesión como la docente, sobre cuyos hombros sigue cayendo el peso de prácticamente todos los males de nuestra sociedad actual.

 

Si bien es cierto que la nuestra es la única profesión por la que pasan todas las demás, no es menos cierto que es una profesión escasamente mimada, en la que no se reconocen competencias profesionales aún a día de hoy y, sin embargo, continuamos aprendiendo e intentando sacar el máximo partido del alumnado que tenemos en los centros, año tras año. También así aprendemos, porque adaptarse cada año a los diferentes y diversos grupos, a sus necesidades y estilos propios de aprendizaje, implica una capacidad profesional que no debe obviarse.

Cómo y qué tenemos que aprender los docentes, nos lo dicen todos los días: desde las administraciones educativas, desde las Universidades, desde nuestros centros de profesores de referencia: aprendizaje basado en competencias, de impacto transformador en nuestros centros educativos, que fomente la comunicación y la colaboración, con objetivos definidos, claros, medibles y realistas, que sea evaluable, y por su puesto innovador, una palabra, la innovación, que no puede faltar en ningún discurso de transformación educativa que se precie; es decir, lo que los docentes hacemos, en la mayoría de los casos, en las aulas, en mayor o menor medida, desde hace décadas; al menos en el caso de docentes comprometidos, en continua actualización, que participamos en comunidades horizontales activamente, que nos preocupamos por nuestro alumnado, y que buscamos darles el mejor tipo de aprendizaje que podamos permitirnos.

Sin embargo, ese tipo de aprendizaje auténtico, a mi ritmo como docente ocupado en mil cosas que soy, abierto, en línea o no, pero con libertad para llevarlo a cabo de forma flexible, como y cuando quiera, y a través del dispositivo que desee no se reconoce oficialmente a día de hoy:

  • No hay un reconocimiento a ninguna de las competencias profesionales que los docentes ejercemos en nuestros centros día día: mentorización, guía, ayudantía, orientación, liderazgo, por citar algunas de las muchas que desarrollamos de modo práctico y con regularidad.
  • No hay un reconocimiento a nuestra competencia digital como docentes, competencia que, a pesar de todo, sirve para mejorar la de nuestro alumnado, la de nuestros compañeros y la del resto de nuestra comunidad educativa, ya sea una comunidad educativa de proximidad o en espacios digitales.
  • No hay un reconocimiento a los proyectos educativos que se llevan a cabo en los centros, proyectos que sí conectan la enseñanza con el mundo real, y que los docentes seguimos aplicando año tras año porque creemos que el aprendizaje puede ocurrir de otro modo.
  • No hay un reconocimiento a la creación de recursos educativos abiertos, a los portfolios profesionales educativos, a la participación en eventos de aprendizaje entre pares, o a su organización, y gestión.
  • No hay un reconocimiento al desarrollo profesional docente, en general.

No soy nadie para dar consejos ni para sentenciar, nada más lejos de mi intención, con grandes frases vacías sobre cómo aprenden los docentes de hoy en día, o mucho menos cómo deberían aprender, pero considero que reflexionar sobre los ítems del corto listado (podría crecer enormemente) de lo que no se reconoce, sí nos puede dar alguna pauta de cómo aprenden los docentes hoy en día: aprenden haciendo.

El resto (convocatorias oficiales, oferta formativa cerrada, experiencias de aprendizaje abierto y en línea, servicios de formación de diversas instituciones de muy variada índole…) simplemente, en la mayoría de los casos y por desgracia, nos sirven para cubrir un expediente que hemos de llenar cada cierto tiempo con una serie de horas de formación para aumentar pobremente nuestras nóminas, pero al final, los docentes de hoy en día no aprendemos así del todo. Nos puede servir de apoyo, en el mejor de los casos de inspiración, pero aprender, lo que se dice aprender, sólo aprendemos si lo llevamos a cabo, si lo practicamos, si ponemos en marcha muchas de las ideas que algunas de las iniciativas de formación afortunadamente proporcionan, cuando están bien diseñadas. Sin embargo, solo con esas iniciativas no basta, especialmente porque al final lo que obtenemos es un certificado en el que rezan las horas de formación, pero que no sirve como reconocimiento competencial, y que terminará en cualquier concurso de traslados, en el caso de que seas un docente funcionario, para llenar, si tus años de experiencia son pocos, un apartado por el que te otorgan una cifra de puntos que es relativamente fácil de completar en pocos años de carrera.

No obstante, la motivación por aprender, el afán de desarrollarnos profesionalmente, la inquietud por hacer las cosas mejor en las aulas, para que de ellas salgan ciudadanos responsables, digitalmente competentes, tolerantes y con posibilidades reales de incorporación al mundo laboral con éxito; eso no se aprende en ningún curso, y también debería poder aprenderse, quizá sustituyendo a tantas horas expedidas que no garantizan aprendizaje alguno.

Todas esas destrezas están implícitas en la vocación que todos los docentes debemos tener cuando nos dedicamos a esta profesión, y ese modo de enseñar y aprender también debe reconocerse, como ya hacen en otros países, y de un modo bien barato y sostenible, por ejemplo, a través de credenciales digitales abiertas, que además son sociales, horizontales, colaborativas y en muchas ocasiones otorgadas entre pares, lo cual añade aún más valor al aprendizaje que los docentes que las tienen, han llevado a cabo, cómo lo han desarrollado y de qué manera lo han adaptado a su realidad educativa.

¡Sigamos haciendo para seguir aprendiendo!

Mª Jesús García San Martín

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