De Sísifo al aula: cuando la metodología deja de ser una carga y empieza a tener sentido

 

Cada curso escolar comienza con una escena que se repite con una precisión casi mítica. Nuevas programaciones, nuevas aulas, nuevos grupos, nuevas expectativas. Y, sin embargo, una sensación conocida: la de empujar una roca cuesta arriba con la intuición de que, en algún momento, volverá a caer.

En el mito griego, Sísifo es condenado a empujar eternamente una piedra hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar de nuevo hacia el valle. No hay descanso, no hay final, no hay sentido aparente. Para muchos docentes, esta imagen conecta peligrosamente bien con la experiencia cotidiana en el aula: esfuerzo constante, resultados frágiles y la impresión de empezar siempre desde cero.

En este contexto, hablar de metodologías activas, innovación educativa o diseño de experiencias de aprendizaje puede sentirse, a veces, como añadir peso a la roca. Sin embargo, recursos como la guía Orientaciones metodológicas para el diseño de experiencias de aprendizaje del Proyecto EDIA (CeDeC) invitan a replantear una idea clave: quizá el problema no sea la montaña, sino cómo y para qué empujamos.

Cuando enseñar se convierte en empujar

La labor docente nunca ha sido sencilla. La diversidad del alumnado, la presión curricular, la burocracia, la evaluación constante y la falta de tiempo para la reflexión convierten el aula en un espacio de alta complejidad. A ello se suma, en los últimos años, la exigencia —explícita o implícita— de aplicar metodologías “correctas”: aprendizaje basado en proyectos, trabajo cooperativo, gamificación, pensamiento crítico, evaluación competencial.

El problema aparece cuando estas metodologías se aplican como recetas cerradas o como exigencias externas, desconectadas del contexto real del aula. Entonces, el docente empuja la roca: prepara proyectos ambiciosos que no llegan a consolidarse, diseña actividades que no encajan con el grupo o evalúa competencias que no ha tenido tiempo real de desarrollar.

No es raro escuchar frases como:

“Esto funciona en teoría, pero no en mi clase”
“No tengo tiempo para hacer ABP de verdad”
“Al final, todo se queda a medias”

Ahí es donde Sísifo entra en el aula.

Imagen creada por ChatGPT a partir del artículo

Una propuesta para el diseño de experiencias de aprendizaje

La guía de Orientaciones metodológicas de Cedec no es un catálogo de metodologías de moda ni una lista de obligaciones pedagógicas. Al contrario, plantea una idea fundamental: enseñar competencias exige diseñar experiencias de aprendizaje con sentido, no acumular actividades ni etiquetas metodológicas.

El recurso insiste en varios principios clave:

  • No existe una metodología única ni universal.
  • El contexto del centro, del grupo y del docente es determinante.
  • El foco debe estar en el aprendizaje del alumnado, no en la espectacularidad de la propuesta.
  • Diseñar implica tomar decisiones conscientes: qué se enseña, para qué, cómo y cómo se evalúa.

Desde esta perspectiva, el aprendizaje basado en proyectos, la indagación, el trabajo cooperativo o la clase invertida no son fines en sí mismos, sino herramientas al servicio de una intención educativa clara.

El problema no es “hacer proyectos”, sino hacerlos sin una pregunta relevante. No es trabajar en grupo, sino hacerlo sin estructura ni evaluación compartida. No es innovar, sino innovar sin propósito.

Empujar la roca sin saber por qué siempre conduce al agotamiento.

La dificultad real: el aula no es un laboratorio ideal

Uno de los grandes aciertos de la guía es que no parte de un aula idealizada. Reconoce, aunque sea de forma implícita, que enseñar competencias requiere condiciones que no siempre se dan: tiempo, coordinación docente, estabilidad en los grupos, espacios flexibles, formación compartida.

En la práctica, el docente se mueve entre contradicciones:

  • Diseñar experiencias profundas, pero cubrir un currículo extenso.
  • Atender a la diversidad, pero con ratios elevadas.
  • Evaluar de forma formativa, pero con plazos y calificaciones numéricas.
  • Innovar, pero sin margen real para el error.

Cuando estas tensiones no se reconocen, la metodología deja de ser una ayuda y se convierte en una carga. El docente empuja, la roca cae, y el ciclo se repite cada curso.

Aquí es importante subrayar algo esencial: la dificultad no es un fallo del docente, sino una consecuencia de la complejidad del sistema educativo.

La clave salvable: cambiar el punto de apoyo

En el mito, Sísifo no puede dejar de empujar. En el aula, el esfuerzo también es inevitable. La diferencia está en cómo se entiende ese esfuerzo.

Imagen creada por ChatGPT a partir del artículo

El recurso ofrece una salida clara: pasar de la acumulación de tareas al diseño consciente de experiencias de aprendizaje. Esto implica varios cambios de enfoque:

  • Menos actividades, más sentido: una buena tarea competencial puede generar más aprendizaje que una secuencia larga de ejercicios desconectados.
  • Diseñar desde la evaluación: saber qué evidencias de aprendizaje se esperan evita empujar sin rumbo.
  • Proyectos posibles, no épicos: experiencias pequeñas, bien cerradas, adaptadas al tiempo real del aula.
  • Metodologías combinadas: no todo tiene que ser ABP ni cooperativo todo el tiempo.

Cuando el docente elige la metodología como herramienta y no como obligación, la roca pesa menos. No porque desaparezca el esfuerzo, sino porque el camino tiene dirección.

Dejar de ser Sísifo no es dejar de esforzarse

Albert Camus decía que había que imaginar a Sísifo feliz. En educación, quizá no se trate de romantizar el esfuerzo, sino de dotarlo de sentido.

La metodología correcta no elimina la dificultad del aula, ni resuelve mágicamente todos los problemas. Pero sí puede transformar la experiencia docente cuando:

  • conecta currículo, evaluación y práctica,
  • respeta el contexto real,
  • permite al docente tomar decisiones profesionales,
  • y hace visible el aprendizaje del alumnado.

La guía del Proyecto EDIA no debe leerse como una cima que alcanzar, sino como un mapa. No indica un único camino, pero ayuda a evitar dar vueltas en círculo.

Conclusión: empujar con sentido

La docencia siempre implicará subir montañas. Habrá cursos en los que la roca pese más, grupos que requieran empezar casi desde el principio y días en los que el esfuerzo no parezca compensado. Pero la diferencia entre Sísifo y el docente no está en la dureza del camino, sino en la posibilidad de aprender, ajustar y avanzar.

Cuando la metodología se entiende como apoyo y no como castigo, cuando se diseña pensando en el aprendizaje real y no en cumplir expectativas externas, el esfuerzo deja de ser absurdo. La roca no desaparece, pero ya no cae siempre al mismo lugar.

Y en ese pequeño desplazamiento, en ese avance casi imperceptible, es donde la enseñanza recupera su sentido.